LA ECONOMÍA Y LA PROMOCIÓN COMERCIAL POR: JOÃO SAYAD

Brasil ocupa más de 8,5 millones de km2 de extensión y tiene una población de 157 millones de habitantes, de los cuales 70 millones son económicamente activos. En 1995 la renta per capita del país fue de US$ 4.000, y su producción, en concepto de producto nacional bruto, fue de US$ 600.000 millones, lo que la caracteriza como la mayor economía de América Latina y octava del mundo.

La historia de la economía brasileña durante el período colonial estuvo marcada por la especialización en diversos productos que interesaban a la metrópoli portuguesa. En el inicio de la colonización se concentró en la producción del palo brasil; más tarde, entre los siglos XVI y XVII, en la producción de caña de azúcar; y, entre los siglos XVII y XIX, en la extracción de oro. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el país llegó a ser uno de los mayores productores de café del mundo.

La gran depresión de 1929 marcó un período importante para la economía brasileña. Disminuyó sensiblemente la importancia del café, y el proceso de industrialización, que ya se había iniciado anteriormente, pasó a ser más significativo debido a la desvalorización cambiaria y del establecimiento de una política de cambio diferenciada.

El período de posguerra quedó marcado por un rápido proceso de sustitución de importaciones que comenzó en el sector de producción de bienes de consumo y fue avanzando verticalmente hacia atrás, llegando a la producción de bienes de capital y de insumos básicos, particularmente en los años finales de la dictadura militar impuesta por el golpe de 1964, cuando se aplicó el Segundo Plan Nacional de Desarrollo, en la gestión del entonces presidente Ernesto Geisel (1974-79).

Hoy, la industria brasileña representa el 20% de la producción nacional, la agricultura otro 20% y el sector de servicios, el 60%. La mayor parte de la población brasileña se concentra en las áreas urbanas, principalmente en las grandes ciudades. El índice de urbanización del país es del 75%, llegando al 93% en algunas regiones, como ocurre en el estado de São Paulo.

La inflación fue la señal más distintiva de la economía brasileña, así como de casi todas las economás latinoamericanas. Desde 1948, en que la Fundación Getúlio Vargas comenzó a computar los índices generales de precios, la inflación brasileña ha sido muy elevada, siempre creciente y la mayor parte del tiempo alcanzando valores superiores a los dos dígitos anuales. La inflación se aceleró rápidamente en los años 60, a partir del final del gobierno de João Goulart, sucesor del presidente Jânio Quadros, que renunció al cargo tras la aplicación de un plan de reformas económicas que terminaba con el subsidio a las importaciones y devaluaba el cambio en un 100%. En 1964, el gobierno fue depuesto por un golpe militar y se aplicó una serie de nuevas medidas. Entre las más importantes está la autonomía de las empresas estatales, que pasaron a organizarse por sectores: eléctrico, con Electrobrás; siderúrgico, con Siderbrás; del petróleo y petroquímica, con Petrobrás; y de comunicaciones, con Telebrás.

El gobierno militar estableció una rígida política salarial que echó abajo la tasa de inflación y creó una legislación que permite la corrección monetaria de los impuestos y de los activos financieros y, finalmente, a partir de 1967, las minidevaluaciones cambiarias. La economía brasileña pasó a ser una economía altamente indexada y con tasas decrecientes de inflación gracias al control de los salarios y a la represión del movimiento sindical.

En 1974, con la crisis del petróleo, la inflación volvió a subir y el gobierno militar anunció el inicio del proceso de apertura política. El segundo choque del petróleo, en 1979, y la crisis de la deuda externa en 1982, marcaron el comienzo de un período bastante difícil para la economía brasileña, con la interrupción de los préstamos exteriores y con la elevación de la tasa de inflación a niveles inéditos incluso para Brasil.

En 1985, con el final del gobierno militar y el fin de la ley salarial, los trabajadores comenzaron a demandar correcciones cada vez más frecuentes de los salarios, con repercusión inmediata sobre la tasa de inflación. A partir de 1986 Brasil pasó por diversos planes de estabilización económica. El primero de ellos, el Plan Cruzado (1986), acabó con la corrección monetaria y con la indexación, estableciendo una congelación general de precios. El plan fracasó y se llevaron a cabo otras tentativas: Plan Bresser, en 1987; Plan Verano, en 1988; y Plan Collor, en 1990. Este último se diferenció de los demás por la confiscación del 80% de los activos financieros, inclusive los depósitos a la vista, sumiendo a la economía en un proceso recesivo, a la vez que daba inicio al proceso de reducción de las tarifas de importación.

En marzo de 1994 se renegoció la deuda externa brasileña en los términos de la renegociación de otros países de América Latina. En julio de ese mismo año se lanzó el Plan Real que, con precios libres, hizo caer la tasa de inflación y redujo todavía más las tarifas comerciales. El cambio se fijó a valores nominales constantes y la inflación cayó sensiblemente. Después de muchos años de superávits comerciales expresivos la economía brasileña pasó a presentar déficits.

En términos de inflación, la economía brasileña pasó por una modificación radical después del Plan Real. En términos de crecimiento, la estrategia adoptada por el Plan Real y el propio ritmo de crecimiento de las economías mundiales son menos prometedores.

La administración que asumió el gobierno federal en 1995, con el presidente Fernando Henrique Cardoso, tuvo como objetivo principal aprobar en el Congreso Nacional un gran conjunto de reformas de la Constitución Federal de 1988. El objetivo es preparar y adaptar la Constitución brasileña a las características actuales de la economía mundial: la gran movilidad de capital, el rápido crecimiento de las inversiones en el extranjero, la desregulación de mercados y, particularmente, la flexibilización de las reglas de contratación de mano de obra. Entre las reformas se destaca el fin del monopolio en áreas como la del petróleo y de telecomunicaciones.

El gobierno FHC fue extremamente rápido y eficaz en la estrategia de privatización. Todo el sector siderúrgico nacional ha pasado a manos de la iniciativa privada, así como el sector petroquímico y de fertilizantes. El sector de la energía eléctrica en el área de distribución y generación regional, fue completamente privatizado, restando ahora la privatización de las grandes productoras de energía, como Furnas, las usinas de la CESP, estadual y las Centrales Hidroeléctricas de São Francisco, entre los nombres más representativos. Todo el sector de telecomunicaciones - la Telebrás y las diversas empresas telefónicas estaduales, tanto las fijas como las de telefonía móvil - fue privatizado en la segunda mitad de 1998. Así, la privatización deja de ser un objeto prioritario de la estrategia gubernamental, por haber sido casi completamente implantada.

La población brasileña crece más lentamente desde mediados de los años 70 y comienza a presentar una edad media mayor. El sistema de seguridad social brasileño está organizado en base a un sistema de reparto, en el cual las contribuciones de los trabajadores activos financian las pensiones de los inactivos. Tal sistema se hace inviable financieramente cuando la edad media de la población se eleva. El problema se agrava en Brasil por el hecho de que se adquiere la jubilación por tiempo de servicio (30 años para la mujer y 35 para el hombre) e incluye varios privilegios para categorías especiales - profesores y jueces, por ejemplo. Además, la Seguridad Social es un sistema muy grande y centralizado, lo que permite graves fallos administrativos, corrupción y elevada evasión fiscal. El déficit financiero de las jubilaciones es reducido en el momento actual, pero se calcula que puede ser potencialmente grande en el futuro.

La economía brasileña presenta gran potencial de crecimiento y cuenta con un significativo mercado consumidor, incluso si se considera la distribución de renta, que, según los datos de 1995 y considerando únicamente seis de las nueve regiones metropolitanas brasileñas, hacía que los más ricos (el 20%) de estas regiones recibiesen el 63% de la renta, mientras más pobres (el 50%) se quedasen sólo con el 12%. De acuerdo con otros indicadores y con la encuesta sobre las condiciones de vida en el mundo, realizada por la ONU en 1996, la renta media de los más ricos (el 10%) de la población es cerca de 30 veces superior a la renta media de los más pobres (el 40%). En otros países, donde la distribución de la renta es más equilibrada, los más ricos ganan en media diez veces más que los más pobres.

Las inversiones en la producción de automóviles, televisores y otros aparatos electrónicos, televisión por cable, televisión de abono, cerveza y refrescos, cemento y otros productos que atienden al mercado interno, han venido creciendo rápidamente desde 1994 - lo que demuestra la expectativa del sector privado en el buen desempeño de la economía y, particularmente, en el crecimiento del mercado interior, que se vio duramente afectado por la inestabilidad existente en el país desde mediados de los años 80.

En enero de 1999, después de perder gran volumen de reservas cambiarias desde la crisis de Rusia en octubre de 1998, el Banco Central abandonó el sistema de tasas cambiarias fijas que podían oscilar dentro de bandas, que representaba gran amenaza a la estabilidad del país. El cambio se desvalorizó en casi 60% en los primeros dos meses e después se retrajo a una desvalorización de aproximadamente 30% con relación a la tasa fija final de 1998. Los resultados han sido sorprendentemente positivos - la tasa de inflación se elevó, pero mucho menos de lo que todos esperaban. Los flujos financieros internacionales también se recompusieron muy rápidamente. Y la recesión proyectada como resultado de la desvalorización es menor de la que todos temían. La economía brasileña se libró de un obstáculo que impedía las exportaciones y las inversiones en la producción de exportables e inportables, y que preocupaba a todos los analistas, sin comprometer la estabilidad del valor de la moneda y de la saluid del sistema financiero.

A largo plazo, el crecimiento de la economía depende, a partir de ahora, del desempeño de los diversos sectores de la economía. El país posee uno de los parque industriales más diversificados y completos de América Latina e incluso de todo el hemisferio sur y, por tanto, tiene un gran potencial de crecimiento si se considera la experiencia, la cultura empresarial y la dimensión del mercado.

En relación a la agricultura, es posible el mismo tipo de observación. Ésta ha conseguido ocupar extensiones de suelo considerados improductivos en el pasado - los cerrados - por la mejora de variedades desarrolladas en laboratorios nacionales, especialmente adaptadas a la región. Además, ha mostrado su dinamismo e iniciativa al introducir nuevos productos como soja, azúcar, naranjas y otras frutas, además de variedades de café, el producto tradicional de país. La agricultura brasileña, en lo concerniente a la productividad y flexibilidad, es de elevada calidad, estando liderada por agricultores y empresarios muy diferentes del estereotipo del viejo coronel que caracterizaba la agricultura brasileña en la primera mitad del siglo XX.

Mientras tanto, la reforma agraria continúa siendo un problema importante cuando se considera la distribución de renta, la concentrada distribución de la propiedad de la tierra y el exagerado crecimiento de las grandes ciudades brasileñas. El Movimento dos Sem Terra (Movimiento de los Sin Tierra) agrega un gran contingente de trabajadores rurales y desempleados que amenaza la propiedad rural y parece no contentarse con la desapropiación y distribución, catalisando el descontentamiento de una importante parcela de la población brasileña en relación al estilo de crecimiento.

La cuestión más relevante a largo plazo se refiere a los resultados esperados del nuevo modelo mundial de crecimiento. Al aplicarse en Brasil, los resultados observados en la economía mundial desde el inicio de los años 80 indican que el nuevo modelo ha generado economías con baja tasa de inflación por un lado, pero, por otro, con bajo ritmo de crecimiento y elevado nivel de desempleo.

Para países como Brasil, que tiene, de entrada, un elevado nivel de desempleo estructural, distribución de renta concentrada, bajo nivel de escolarización y baja renta media, la expectativa de repetición de este patrón de evolución (inflación baja y desempleo elevado) representa una seria amenaza. Más que eso, es una alternativa inviable, tanto económica como políticamente.

Este es el verdadero desafío que Brasil enfrenta - y que se agrava cuando recordamos que el país estará, como no podría ser de otro modo, fuertemente introducido en los mercados financieros internacionales. No existen alternativas de políticas disponibles, a no ser grandes inversiones en el área social e inversiones públicas en infraestructuras y tecnología.

El fuerte desequilibrio financiero del sector público brasileño, resultante de la estrategia de la política del cambio fijo y de intereses altos, impide que estas inversiones se realicen en volumen y tiempo necesarios para que el futuro pueda presentarse halagüeño. Por otra parte, a diferencia de otros países, la nueva vida y organización política del país, con amplia libertad de expresión y representación política, anulan el riesgo de existencia de bolsas de insatisfacción o sedición que la difícil situación social del país podrían sugerir.

Tal vez esta sea la característica más positiva y prometedora de Brasil. Un país de herencia ibérica y cultura autoritaria, con un pasado de gran inestabilidad política, que presenta como aspiraciones más importantes la prosperidad y la libertad. Estas características permiten concluir que la sociedad brasileña, así como su economía, atraviesan un período de grandes transformaciones, que son al mismo tiempo prometedoras y difíciles de realizar.